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Crónicas hispanocubanas: “Pepe el Mallorquín”
La realidad, por lo general, supera a la ficción. El pirata del Caribe por excelencia no es ni mucho menos el capitán Jack Sparrow, encarnado en el cine por el excelente actor Johnny Deep. De entrada no es éste un pirata “del Caribe” sino “en el Caribe”, lo que es algo bien diferente. El auténtico, el legendario, el de la realidad histórica se llamó José Rives o Ribes, nació en Mallorca y murió como no se le habría ocurrido morir a nadie más.
Recreación del símbolo de la piratería
GoletaPepe salió de Mallorca rumbo a Cuba en una fecha indeterminada de principios del siglo XIX, cuando la piratería ya había pasado su edad de oro. Se asentó en Batabanó, al sur de La Habana, de cara al Caribe, por donde transitaban los barcos españoles e ingleses de ida y vuelta a sus colonias americanas. Batabanó era, y sigue siendo, el puerto pesquero más importante del sur del archipiélago cubano, constituido por la mayor isla del Caribe llamada Cuba, la Isla de Pinos y otros 4,195 cayos, islotes e islas adyacentes.
Capitán SparrowEl Mallorquín, al parecer, conocía perfectamente el entorno marítimo y decidió trasladarse a la Isla de Pinos, la mayor después de Cuba con más de 3,000 kilómetros cuadrados de superficie y principal territorio del Archipiélago de los Canarreos, integrado por más de 600 cayos e islotes. También al parecer, tenía conocimiento de que durante no menos de dos siglos aquella zona marítima de Cuba había sido el más estratégico apostadero de piratas y corsarios junto con la isla Tortuga al noroeste de Haití, sólo que aquella era una sola y era diecisiete veces menor que la Isla de Pinos. Pero seguramente Pepe el Mallorquín sabía aún más: ese territorio apenas había sido colonizado y estaba prácticamente fuera del control del gobierno colonial español.
Con todos esos antecedentes, y acompañado por algunos pescadores de Batabanó armó con un cañón su goleta La Barca y se fue a la Isla de Pinos, donde flotaba el espíritu de aventuras de muchos Patas de Palo anteriores como Francis Drake, El Olonés o Henry Morgan.
Para contaros lo que ocurrió después, le cedo la palabra a un investigador cubano, quien pudo haber tomado parte en una expedición realizada en 1990, organizada por un realizador de televisión, en busca del legendario tesoro de Pepe el Mallorquín y los restos de La Barca, la nave insignia de su flotilla.
“Para su propósito, el Mallorquín se alió al cubano Andrés Gonzáles y entre ambos decidieron establecer su cuartel general en Santa Fe, un pequeño caserío, que era lo más poblado que existía entonces en toda Isla de Pinos.
Era una época en que España había perdido mucho control sobre sus colonias. Las disposiciones reales demoraban demasiado en llegar y no se les hacía mucho caso. En Cuba más que el Rey, reinaba el desorden. Y la Isla de Pinos era el lugar más despoblado e ingobernado del país desde mucho antes.
Pepe preparó su flotilla y en breve se convirtió en el terror de las naves españolas, adueñándose de los mares al sur de Cuba. Siempre regresaba invicto a su cuartel en esta isla tierra de nadie, donde era acogido con júbilo.
El Mallorquín llegó a proclamarse Protector de Isla de Pinos y gozó de las simpatías de todos los colonos. Pepe no solamente atacaba sino defendía la Isla de otros bandoleros. Gracias a él y su banda, los colonos podían navegar sin temor en sus embarcaciones, contaban con más espacio marino disponible y más seguridad para su ganado.
En un año Pepe era se convirtió en una temida celebridad y España sufría la pesadilla sin poder hacer nada en contra del forajido, quien lo hizo todo con casi nada. La nave almirante de Pepe era una miserable goleta, la banda estaba constituida por cuarenta hombres y nunca tuvieron más de un cañón.
Envalentonado por sus victorias, el pirata decidió no limitarse a las naves españolas y abrió fuego contra Inglaterra, que tomó cartas en el asunto y lanzó sobre Pepe a todo su poderío naval, con el ánimo de acabar de una vez y por todas con el problema.
La goleta de Pepe debía parecer un barquito de juguete frente a las naves de la poderosa Albión; aunque no siempre ser grande es una ventaja. Él fingió huir, remontando el río Mal País, los ingleses lo siguieron y encallaron. Una vez inmovilizadas, las naves fueron emboscadas y los ingleses, vencidos.
Comprendiendo que no era fácil de pelar el Pepe y su pandilla, Inglaterra estuvo dos años preparándose para un segundo intento. En la batalla Pepe empleó la misma estrategia, pero los ingleses venían con naves de poco calado. Para algo sirve la experiencia.
En el río Mal País, Pepe vio hundirse a su flotilla y morir a casi toda su tripulación. Fue un combate encarnizado. Pepe disparó tantas veces su trabuco que se le reventó en las manos y así perdió una de ellas. Se vendó el muñón y logró llegar vivo a Santa Fe.
En Santa Fe lo esperaba su esposa. En brazos de ella murió Pepe el Mallorquín para que naciera la leyenda.
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