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Demasiadas preguntas
Cuando el tiempo pasa, pasa para todos. Cuando llevas en este asunto de la enseñanza decenas de meses y cientos de días, los alumnos crecen. Algunos de los pequeños que estuvieron conmigo en primaria ahora están en la universidad, repartidos por muchos de los rincones de este país, incluso de otros. No lo tienen fácil, como nosotros tampoco lo tuvimos. Muchos de ellos están lejos de casa, añorando los verdes del monte y el calor de su hogar, otros, más cerca, regresan con cada fiesta o fin de semana llenando nuestras calles de enérgica alegría.
Los jóvenes, al menos la mayoría, son generosos con quienes les enseñamos a caminar haciendo equilibrio por letras, tablas y continentes. Cuando te encuentran por la calle te saludan y comentan contigo sus novedades, al menos la mayoría, conoces a sus novias o novios, muchas veces a sus hijos... Un final feliz para una historia concertada. Pero no todas las crónicas son felices, no siempre terminan con el “Colorín colorado”.
Los tonos del paisaje varían por la noche, cuando enciendo el ordenador. Entonces me asaltan las ventanas de mi lista de contactos. Varios alumnos y alumnas que viven fuera me han agregado a su Messenger (lo cierto es que no sé cómo, supongo que de unos a otros, yo sólo acepto encantada, las invitaciones que me llegan) también con algunos que viven aquí, cerquita encuentro este momento preciso y precioso para compartir unos minutos de agradable complicidad.
La conversación es diferente, amparada en el teclado, llena de faltas de ortografía, que intento no ver (incluso imito) y con una sinceridad que me calienta el alma. Lo primero que leo son sus “Nicks” de presentación y ellos el mío. Algunos me asustan y otros me atormentan: “Cuando los pacifistas cojamos las armas verán que tb tenemos c…..”, “Pacifista frustrado…al agresor se le paga con lo mismo, ni una tregua más para quien no se lo merece…” “… No soy yo, sino lo que me hacen…” y así un rosario con cuentas que se vuelven negras. El mío, sin saberlo, va en la misma línea, pero con un respeto que ellos no logran entender.
Hablamos durante horas, de sus miedos, de sus sentimientos, también de sus estudios. Pero hace ya algunos meses, el tema de la violencia es recurrente. Las últimas palabras de las conversaciones son para contarme que están hartos, cansados y hastiados de tanta guerra gratuita, de tanto empujón mal dado y de no encontrar disculpas.
Hay jóvenes cansados y jóvenes que cansan. Les pregunto qué sucede y me cuentan historias de palizas en discotecas, de robos con pistolas, violaciones, agresiones físicas y verbales, personas en hospitales e incluso, una muerte, en Burgos… En Béjar, ya sabemos todos por donde va la historia.
Cuando das clase a los agresores y a los agredidos, cuando no sabes qué pensar, cuando la razón no encuentra el camino… surgen las preguntas: ¿Qué pasa en las calles?, ¿Qué códigos emplean nuestros chicos y chicas? ¿En qué momento de la comunicación perdieron el hilo? ¿Qué les hace a unos temer y a otros ser temidos? ¿Cual es el mensaje que están respirando?, ¿el todo vale?... ¿Tonto el último? ¿Qué parte no entendieron unos y otros?
Demasiadas dudas para pocas respuestas. Tendremos que hacer un barrido por conciencias e Instituciones y llevar las preguntas en la mochila, sacarlas una a una e intentar responder poco a poco.
Marina Hernández Martín
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Muy buena la reflexión, Marina.
Seguramente si los adultos nos dedicáramos a analizar y tratar de mejorar nuestro entorno, no nos encontraríamos con estas realidades tan duras.
Recuerdas..."los niños aprenden lo que viven,... si un niño vive criticado aprenderá a criticar".
Parece imposible ver actitudes adultas hoy en los niños que conocimos y quisimos tanto ayer; seguramente,en algún momento hemos fallado en la tarea de educar. Pero esta apreciación como es comprometedora y no nos gusta verla, simplemente la dejamos a un lado y buscamos otra cabeza de turco, para pasarle la culpa.
Gracias por compartir TU TIEMPO Y tus inquietudes, no es lo normal hoy por hoy ser tan directo...
Asi nos va.
Saluditos.
gb
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