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El Modelo inmobiliario español y sus consecuencias. (4 de 4)
por José Manuel Naredo
4- Consecuencias
-Urbanas y territoriales
La primera consecuencia es que el modelo inmobiliario imperante ha venido configurando el modelo urbano y territorial. Hemos visto que el urbanismo español ha estado gobernado por el negocio de la promoción inmobiliaria, que impuso su lógica de obtener plusvalías recalificando y construyendo suelos por encima de la del planeamiento urbano y territorial. El predominio de esta lógica económica ha condicionado tanto el modelo urbano-territorial resultante, como el marco institucional que lo impulsa. Hemos visto también que el modelo ejemplificado por España otorga un peso mayoritario al régimen de ocupación de la vivienda en propiedad, quedando muy reducida la ocupación en régimen de alquiler. Al mismo tiempo que ha potenciado la vivienda libre, dejando la vivienda social como algo testimonial, sobre todo en lo que concierne a las viviendas de promoción pública y de alquileres baratos. El modelo se apoya, por una parte, en potentes empresas de promoción inmobiliaria y, por otra, en hogares (nacionales y extranjeros) con capacidad de compra y afán de invertir en viviendas, contando con el apoyo de un sistema de crédito hipotecario muy desarrollado, que se ha visto reforzado por las buenas posibilidades de captación de liquidez internacional de que disponen los países de la UE.
Concretando algo más sobre cómo el modelo inmobiliario dominante ha venido incidiendo sobre el modelo urbanístico, hemos de reiterar que el predominio del juego económico descrito ha condicionado a la vez los modelos de ordenación territorial, urbana y constructiva resultantes, adaptándolos a la lógica del melanoma antes descrita. Por una parte, ha promovido un crecimiento de la edificación rápido e incontrolado arrastrado por burbujas que se mueven por lógicas especulativas ajenas a las necesidades de la población, sin más frenos que los de índole financiera. Ha polarizado el territorio en núcleos atractores de capitales, población y recursos y áreas de servidumbres de abastecimiento y vertido, generando a la vez grandes concentraciones de población y áreas despobladas, con densidades solo presentes en Europa en el desierto lapón o en las proximidades de Círculo Polar Ártico. En el urbanismo ha impuesto el modelo de la “conurbación difusa” y en la construcción el “estilo universal”. Los nuevos modelos urbanos y constructivos, lejos de mejorar los anteriores, los han destruido o engullido. España es así líder europeo en pueblos abandonados y en destrucción de su propio patrimonio inmobiliario. Pues el modelo ha promovido a la vez la construcción nueva y la destrucción del patrimonio inmobiliario construido, haciendo de España el país con un patrimonio inmobiliario más renovado de Europa. Según el Censo de 2001 (¡último dato disponible!) habían desaparecido por demolición o ruina más de la mitad de los edificios destinados a vivienda censados en 1950. España cuenta incluso con un menor porcentaje de viviendas anteriores a 1940 que Alemania, cuyo patrimonio inmobiliario quedó seriamente dañado por la 2ª Guerra Mundial. Lo cual me permitió señalar que el modelo de desarrollo español había sido más destructivo del propio patrimonio inmobiliario de lo que, en proporción, lo fue la Guerra Mundial en Alemania.
La trepidante construcción nueva, al seguir estos modelos, no ha contribuido a mejorar la calidad de vida urbana, pues no ha hecho ciudad, sino urbanizaciones y operaciones inmobiliarias que carecían de la complejidad de la ciudad clásica incumpliendo, incluso los estándares del urbanismo que el planeamiento tomaba como norma. Hasta la propia rehabilitación urbana ha reproducido a veces la lógica de las operaciones inmobiliarias, expulsando a los vecinos y simplificando y especializando el tejido urbano resultante. Además, el crecimiento rápido e incontrolado de la construcción observado durante el último decenio, unido a la carencia de vivienda social y la subida de precios, ha generado un stock inmobiliario sobredimensionado y de mala calidad urbana, que la población no alcanza ya a habitar ni a comprar.
-Económicas
El modelo inmobiliario español, al inflar la reciente burbuja especulativa, ha generado endeudamientos y desequilibrios que llevaron a la economía española a una profunda crisis, cuando falló la liquidez internacional tan inusualmente barata y abundante que la venía alimentando. Pues los procesos especulativos traen la fortuna para algunos, pero siempre acaban acarreando endeudamientos y bancarrotas que otros han de pagar. La burbuja inmobiliaria no solo aceleró sobremanera el pulso de la coyuntura económica reciente ―y el déficit y el endeudamiento exterior― en nuestro país, sino que ahora lastra su recuperación. Pues si España fue líder del auge inmobiliario en Europa, también lo fue del riesgo inmobiliario en todas sus dimensiones (endeudamiento hipotecario con relación a la renta disponible, exposición del sistema financiero,…) (Naredo, J.M., Carpintero, O. y Marcos, C., 2007). Y el pinchazo de la burbuja, no sólo ha dado al traste con la pujante actividad inmobiliario-constructiva y las plusvalías que animaban la actividad económica y la recaudación de impuestos ―agravando el déficit presupuestario y elevando la tasa de paro al 20 %― sino que deja como herencia un enorme endeudamiento privado y, finalmente, público. Ya que la burbuja, tras haber devorado el ahorro interno, se siguió financiando irresponsablemente con cargo al exterior durante los últimos cuatro años del auge, recurriendo a titulizaciones y deudas a largo plazo que los mercados internacionales dejaron de admitir a raíz de la crisis financiera. Sobre todo si éstas proceden de Cajas de Ahorros que mantienen créditos al promotor y morosidades bien superiores a los Bancos. Pues las Cajas han venido siendo la mano financiera utilizada por el actual neocaciquismo local y regional para sacar adelante sus grandes operaciones inmobiliarias y los megaproyectos de dudosa rentabilidad que le servían de pretexto. Por ejemplo, todos los “parques temáticos” ―que acabaron mostrando pérdidas, para hacer la fortuna de los propietarios de terrenos circundantes― fueron financiados por Cajas de Ahorros y/o empresas públicas. Desde Port Aventura (La Caixa 43 %),…hasta el Parque Warner (Arpegio 44% y Caja Madrid 22 %), pasando por Isla Mágica (Caja el Monte y Caja San Fernando, hoy fusionadas en Cajasol), por Terra Mítica (Bancaixa y Caja de Ahorros del Mediterráneo),… o por el Reino de Don Quijote y su aeropuerto privado, que hicieron colapsar a Caja Castilla-La Mancha (CCM). Así el pinchazo de la burbuja inmobiliaria ha llevado a las Cajas de Ahorro a una situación crítica que tendrán que resolver en el año en curso. Además de proseguir la cadena de suspensiones de pagos de empresas inmobiliarias, 2010 será el año en el que las Cajas tendrán que afrontar su excesiva concentración de riesgos en el sector inmobiliario, acometiendo un proceso de reestructuración en gran escala que alterará el panorama financiero del país. La fusión de entidades ―orientada a cerrar sucursales y reducir gastos― y la inyección de dinero público para reflotarlas tendrá dos posibles salidas. Una, la reconstitución de la desaparecida banca pública. Otra, la privatización de esos últimos vestigios de entidades público-cooperativas que son las Cajas. La opacidad con la que se está acometiendo la operación sugiere que será esta última salida la que se acabará imponiendo.
En suma, que ahora se sufren las consecuencias de que la burbuja inmobiliaria y sus derivados constructivos llegaran a absorber cerca del 70 % del crédito al sector privado y a extender el virus de la especulación por todo el cuerpo social, a la vez que se sobredimensionaba el suelo urbanizable y el parque de viviendas secundarias y/o desocupadas, ocasionando una superdestrucción de los asentamientos, los ecosistemas y los paisajes precedentes. Lo que hace que todo el mundo sufra el “deterioro ambiental” ocasionado y que la población hipotecada tenga que seguir pagando durante décadas el aquelarre de beneficios y plusvalías obtenidos por unos pocos durante el auge, en un juego económico que necesitaba expandirse continuamente para evitar su derrumbe.
Y además, últimamente, las potentes inyecciones de liquidez y gasto público, junto con las subvenciones, avales y desgravaciones fiscales aplicadas por el Estado para contrarrestar la crisis y apoyar a las entidades financieras, acentuaron notablemente el déficit presupuestario y la deuda pública, situando a España en el pelotón de los países con problemas (el grupo de los PIGS: Portugal, Irlanda, Grecia, Spain).
-Ecológicas
El problema ecológico estriba en que la construcción es una actividad muy exigente en energía y materiales que tiene una gran incidencia territorial, directa e indirecta. Por ejemplo, la construcción de vivienda nueva reclama, como poco, media tonelada de materiales por metro cuadrado, a lo que hay que sumar movimientos de tierras y de residuos inertes que superan ampliamente esa cifra. El consumo de cemento constituye un indicador sintético de primer orden de la importancia de la construcción de edificios e infraestructuras asociada al negocio inmobiliario. Este indicador sigue los marcados vaivenes de la coyuntura inmobiliaria, que tienen poco que ver con las necesidades de vivienda y de infraestructuras, que se mueven al ritmo más pausado de la demografía y la renta disponible de los hogares. España llegó así a consumir cerca de los sesenta millones de toneladas anuales de cemento en los años culminantes del pasado boom inmobiliario. Este consumo, no solo hizo de España el quinto país del mundo en consumo de cemento ―solo superada por países, como China, con muchos cientos de millones de habitantes― sino que sobrepasa ampliamente el de otros países europeos, que como Francia y Alemania cuentan con más población y/o territorio que España. Si recordamos que España tiene cincuenta millones de hectáreas de territorio y algo más de cuarenta millones de habitantes, vemos que ese consumo suponía más de una tonelada anual por habitante y por hectárea de superficie geográfica. Como esta tonelada larga de cemento se mezcla con arenas y gravas, para convertirse de hecho en cerca de diez toneladas anuales de mezclas por habitante o hectárea, vemos que el a veces llamado tsunami inmobiliario no es una simple e imaginativa metáfora, sino una verdadera ola de ladrillos y cemento que ha venido recorriendo la geografía peninsular. Sin embargo, pese a los importantes presupuestos “anti-cíclicos” destinados a inversión en obras públicas, el consumo de cemento se ha reducido en 2009 a menos de la mitad de la cifra antes indicada, reflejando la importancia de la crisis inmobiliaria.
Pero el problema ecológico se deriva también de que el reciente boom inmobiliario ha seguido las patologías descritas al desplegar un modelo territorial, urbano, constructivo,… y un estilo de vida, que resulta mucho más exigente en recursos y pródigo en residuos y en daños ecológico-ambientales que los previamente existentes. A la vez que la eficiencia en el uso del suelo decae con el actual modelo inmobiliario y urbanístico, que infla el porcentaje de viviendas desocupadas y secundarias y exige cada vez mayores servidumbres indirectas. Por ejemplo, hemos podido constatar que el suelo ocupado en la Comunidad de Madrid por usos urbano-industriales directos e indirectos pasó de 112 metros cuadrados por habitante en 1956 a 270 en 2005. Y también que la promoción inmobiliaria promovió el abandono masivo de terrenos agrarios en la región que han ido pasando a engrosar un stock muy sobredimensionado de suelo con pretensiones de ser urbanizado (Naredo, J.M. y García Zaldívar, R. (coords.) 2008).
-Sociales
Pero la desmaterialización originada por la crisis, al estar ligada al aumento del paro, la frustración y el empobrecimiento de buena parte de la población, dista mucho de ser deseable. Por lo que no cabe postular el objetivo de la desmaterialización o del decrecimiento del consumo de energía y materiales, sin unirlo a una reconversión profunda del proceso económico, de los patrones de consumo y las metas de la sociedad. Pues con el sistema actual el decrecimiento tiene nombre propio: se llama depresión económica y va acompañada de drama social.
Los orígenes de este drama hay que buscarlos en el hecho de que la euforia especulativa que desató el auge inmobiliario contribuyó a extender el virus de la especulación y el consumismo por todo el país. Se acentuó así el conformismo con las prácticas caciquiles, unido al servilismo y la polarización en una población cada vez más polarizada e hipotecada. Este panorama resultaba socialmente aceptable mientras una ingente liquidez nueva financiaba el festín de revalorizaciones y compras asociado a la burbuja inmobiliaria. De ahí que cuando el pulso de la coyuntura económica decae y el paro aumenta, se quiera “inyectar” más y más liquidez a toda costa, para que la carrera especulativa del crecimiento continúe y rebose lo más posible, alcanzando a la mayoría de la población. El crecimiento es, así, como una especie de droga que adormece los conflictos y las conciencias, creando adicción en todo el cuerpo social. Pues cuando decae o se para, el malestar resurge con fuerza y la ideología dominante induce a añorar ese crecimiento y a reforzar el conformismo social, en vez de a criticarlo y a ver las ruinas que ha ido dejando, jalonadas de grave deterioro ecológico, de angustioso endeudamiento económico y de bancarrota moral (sobre el panorama y las alternativas a la crisis véase Naredo, J.M., 2009b, 2009c y 2010).
Tras la visión crítica del pasado auge especulativo subyace la pugna por mantener vivo el tejido social compuesto por relaciones de solidaridad, afinidad y simpatía hacia nuestros congéneres, frente a su destrucción y sustitución por una cadena de relaciones interesadas serviles y/o despóticas. En el fondo se trata de evitar que los valores de ese capitalismo especulativo ―el éxito pecuniario, la pelea competitiva, el afán de lucro, de explotación,…― y su actual proyección oligárquica, acaben arrasando los sentimientos de amistad y solidaridad y haciendo realidad en nuestro país esa utopía social negativa que Hesiodo, en Los trabajos y los días (v. 180-190) identificaba con el fin de la especie humana. Pues, en sus célebres versos, nos recuerda que ese final vendrá “cuando se destruyan las relaciones de hospitalidad, amistad, fraternidad,…cuando incluso a los padres, tan pronto como envejezcan, se les muestre desprecio, cuando nadie se atenga ya a su palabra dada en favor de lo bueno y lo justo,…cuando la conciencia no exista y el único derecho sean el dinero y la fuerza”.
Referencias bibliográficas
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-Trilla, C. (2001) La política de vivienda en una perspectiva europea comparada, Barcelona, Fundación La Caixa (accesible en www.estudios.lacaixa.es).
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En Béjar tenemos una de las más logradas muestras del urbanismo configurado por el modelo inmobiliario: clasificación y construcción de territorio para conseguir plusvalías al margen
de las necesidades de la población y por encima de ella, con unas dramáticas consecuencias en la forma de bancarrota económica y moral, daños ecológicos y paisajísticos irreversibles, ruinosas infraestructuras faraónicas, "conformismo con las prácticas caciquiles, unido al servilismo y la polarización en una población cada vez más polarizada e hipotecada".
Lean, por favor, este artículo y difúndanlo. Hagan una fotocopia y mándenselo al alcalde, con flores o sin ellas.
Toandayz
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