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Nemesio Sánchez: sandías bajo las estrellas
Tercer capítulo de las memorias de D.Nemesio Sánchez García, nacido antes del amanecer del 20 de diciembre de 1889 en El Cerro. Emigrante. Nunca regresó.
Margaritas en los floreros de la noche
Comencé a ir al colegio. Allí el colegio es del Gobierno, los útiles están en las escuelas y vamos vestidos con ropa común, sin uniforme de ningún tipo. Un año y medio más tarde, cuando yo tenía siete años y medio, me dice mi padre, “vamos a Ornalinos”; así llamaban a un sitio que tenía mi padre, una de sus nueve propiedades más la casa donde vivíamos, heredadas de sus padres. Yo no los conocí, habían fallecido antes que yo naciera.
Tierras de El Cerro (Foto de Carmen Muñoz Ruiz)
Esa propiedad ya la conocía porque mi padre siempre me llevaba con él. Íbamos en mulo, yo sentado detrás de él agarrado a su cintura, mirando todo el paisaje, en las piedras chicas y en las grandes, en las plantas, pájaros…
La propiedad está a quinientos metros del pueblo, parecía un campo de golf, todo rodeado de robles. Se va bajando la sierra hasta llegar al lugar en sí. Todo el camino está arbolado, de un lado robles y del otro castaños, que dan sombra en el verano, de modo que en ese tramo nunca se siente el calor.
El camino es muy tortuoso, en realidad todos los caminos, a pesar de estar empedrados, son malos. De momento va uno por la derecha y de pronto debe girar hacia la derecha, típico camino de sierra. Al llegar a la propiedad, mi padre se apea del mulo y con una horquilla hecha de un tronco de roble de un diámetro como la muñeca de un hombre, quita las zarzas que se han juntado en el portillo (tranquera), para impedir que el ganado entre en la propiedad. Muy espinosas las zarzas, con ramas entrelazadas, frenan a las bestias que rompen con los cuernos el portillo. Éste es más ancho en la parte de arriba para facilitar el paso del mulo cuando sale cargado con la cosecha. Esto se hace porque en primavera siempre hay ganado pastando por todos lados.
Cuando llegamos a la propiedad, mi padre me bajó del mulo y le quitó el aparejo, así llaman allá al armazón que se usa para montar y para cargas; luego puso al mulo a pastar en el predio vecino, por ser de un pariente nuestro. Luego me dice mi padre: “vamos a ver las sandías”. Estuvimos viéndolas un momento y luego continuó diciéndome: “si viene alguien, te fijas en el color de su camisa, en la gorra o sombrero, en el pantalón. No vendrá nadie pero tenemos que cuidar que nadie las robe. Esta noche y todas las noches, dormirás debajo del castaño (era la única planta que había). Ya sabes que debajo de las plantas no se siembra porque no crece nada. Aquí tienes una manta y la morrala (morral); dentro tienes un pan grande que ha hecho tu madre y dos chorizos. Cuando tengas ganas de comer, corta un poco de pan y de chorizo con esta navajita. ¡Cuidado, no te cortes! Yo me voy a otra propiedad, volveré mañana a la noche y traeré comida caliente y me quedaré a dormir contigo. Vendré un día sí y otro no“. Y se fue.
Esta propiedad limita al este con un prado, como ya lo he dicho, y al oeste con otra sembrada de trigo, al norte con viñedos y al sur con otro prado. Cuando mi padre se retiró, puse la manta y la morrala sobre una piedra grandota que había debajo del castaño, junto a la pared medianera, pegada al prado que está al este. Esta piedra es plana como una mesa pero de un lado es pendiente, como de cincuenta centímetros desde el suelo y del otro lado era de un metro y medio, más o menos. Yo dormía en el suelo, al lado de la piedra, pero de día me trepaba a ella, encima de la manta doblada y al lado de la morrala.
Del lado este he dicho que hay un prado por donde pasa un arroyo donde yo iba a beber agua cuando tenía sed. Ese prado tenía unas plantas de castaño muy grandes pero la mayoría del terreno es prado puro. Hay también una cueva debajo de una gran piedra que caben tres hombres sentados.
Se preguntarán, ¿por qué ponen a una criatura a cuidar las sandías? Porque todas las familias tienen propiedades en las cuales alguna vez, no todos los años, siembran sandías. Los mayores van a sembrar con los padres y los más pequeños cumplen con esta tarea sencilla. En aquellos tiempos no había los peligros que tenemos hoy, ésa es la razón por la cual se ponían a los niños en el sandial.
Yo me pasaba los días sentado en la piedra que cité, observando el ir y venir de los pájaros al castaño. Algunos pájaros más pequeños se apoyaban en las plantas de trigo y se comían las espigas. Los más grandes revoloteaban en el trigal comiendo el trigo maduro; yo me preguntaba si se lo iban a comer todo.
Aquel panorama era hermoso. Desde mi silla de piedra veía todo el valle y las sierras que lo rodean. Sobre las sierras, junto al valle, hay viñas, olivares, higueras, prados. Todo el día transcurría de ese modo, disfrutando todo lo que mis ojos alcanzaban a ver y mis oídos escuchar; por ejemplo, el trino de diferentes aves.
Cuando venía la noche, comía y me acostaba en la manta con la morrala debajo, y me quedaba mirando las estrellas. A propósito, así le cantaba a las estrellas…
Acostado sobre el suelo, yo miraba las estrellas,
Lo mismo que una doncella, mira a su compañero
Eran grandes cual luceros, otras eran muy pequeñas
Parecían margaritas, puestas en los floreros…
Texto transcrito del original por Doña Inés Ruiz Quiroga.
Continuará…
Ruego a los lectores me excusen por haberme sido imposible subir el sábado, como es habitual, esta sección de Bejaranos Volantes. RL
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QUIERO FELICITARLES POR ESTAS MEMORIAS,HAY ALGUNAS FAMILIAS DEL CERRO PENDIENTES DE SEGUIRLAS, Y LAS FOTOS TAMBIÉN AYUDAN MUCHO A RECORDAR. GRACIAS A INÉS, CARMEN Y REYNALDO.
Carmen y Reynaldo, gracias a todos vosotros que habéis hecho posible que Nemesio esté nuevamente "paseando" por las queridas sierras de su niñez. Un abrazo a todo Béjar, tenéis unos paisajes preciosos y ahora con nieve !!! en Buenos Aires rara vez nieva, adiós, Inés
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