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II. Periodista eventual (1)
Aseo en El NiloEl alojamiento que nos espera es un campamento donde ondea la bandera de Naciones Unidas y que acoge tanto a personas relacionadas con este organismo como a cooperantes y voluntarios de organizaciones no gubernamentales. El campamento está formado por hileras de tiendas de campaña marrones, de corte militar, casi sin pasillos intermedios; en cada tienda hay un camastro y un ventilador para soportar los cuarenta grados a la sombra que suelen producirse al mediodía, hemos tenido suerte pues la estación lluviosa está a punto de llegar y no tendremos que sufrir los cerca de cincuenta grados a los que puede llegar el termómetro en plena época seca.
Una carpa a la entrada sirve de comedor y justo en la posición opuesta están las cabinas que funcionan como duchas y letrinas. Las antenas parabólicas que permiten la conexión a Internet vía satélite son junto a los portátiles individuales los únicos símbolos de modernidad que pueden encontrarse.
Nadie toca la trompeta a diana para levantarnos, pero por el campamento corretean varios gallos escuálidos que comienzan a cantar más temprano que en otras latitudes, o a mi al menos me lo parecía. Juba está en zona tropical cerca de la línea del ecuador y por lo tanto hay doce horas de luz y doce de oscuridad, amanece hacia las seis de la mañana y anochece a las seis de la tarde. Pues bien, los gallos del campamento empiezan a cantar pasadas las cuatro de la madrugada anunciando el nuevo día y tienen la ocurrencia de que sobrevuelan el campamento y se van posando por encima de las lonas que cubren las tiendas y resulta imposible no prestar atención a tan armonioso canto.
Es el primer día de estancia en el sur de Sudán y nos mostramos deseosos de conocer al menos la ciudad de Juba, desayunamos deprisa y antes de que vengan a buscarnos pretendemos dar una vuelta. Tras pasar los controles del campamento volvemos a estar en la calle principal, la arena rojiza se convierte en cortina de polvo cuando pasan grandes camiones llevando maquinaria pesada. Frente al campamento hay un cuartel que a juzgar por lo que se divisa está plagado de tiendas de campaña con tela de camuflaje. Al fondo a la izquierda se avista el aeropuerto pues hay un avión. La calle carece de aceras y parece arriesgado caminar sin saber dónde ir. Así pues, decidimos esperar hasta que vengan a recogernos.
Nuestro primer destino es el Ministerio de Cultura para obtener un pase que nos permita filmar en el país. Uno piensa cómo son los ministerios en nuestro país pero Juba nunca tuvo una administración como le corresponde ahora dado el grado de autonomía que se le ha reconocido. Sudán del sur ha de hacer frente a una reconstrucción de lo destruido por tantos años de guerra y una construcción de la infraestructura administrativa que preste los servicios básicos a los ciudadanos.
Recorremos algunas de las “calles” de Juba y de repente a mano izquierda puede verse una plazoleta con una torre en medio desarbolada, una especie de horrorosa Eiffel de hojalata que señala la entrada a una zona con un denso tráfico de vehículos 4x4 flanqueada por unos puestos desvencijados y sucios donde se venden un puñado de mangos, unas coca-colas o unas botellas de plástico con gasolina para terminar en un mercadillo de ropa usada en perchas colgadas de una cuerda de unos veinte metros de largo, prendas que con toda seguridad serán chinas. Y ahí termina el centro, enseguida vemos las chozas redondas, los hutus como aquí les llaman, formando pequeñas aldeas en medio de la ‘ciudad’ fantasma, y tras los hutus aparecen algunas chabolas con plásticos frente a unas lápidas que parecen parte de un cementerio lleno de basura convertido en un albañal. A un lado y otro del camino asoman las cabras triscando hierbas diseminadas por entre los hutus y chabolas.
Nos acercamos a un viejo edificio fabricado con ladrillos y que están reformando, entramos en la zona de los nuevos ministerios, pequeños edificios rectangulares de dos pisos con un patio en medio desde el que se accede a cubículos mínimos, los despachos de los funcionarios. Aparcamos frente al Ministerio de Cultura, aunque ningún letrero lo indica. En el centro del patio sentadas a unas sillas blancas de resina hay un grupo de mujeres charlando y riendo, que probablemente acuden a alguna sesión de sensibilización sobre hábitos alimenticios o sobre cualquier otro tema. La gente es muy amable y van limpios, muy aseados y los que llevan ropa con motivos indígenas, son coloristas y los colores realzan el negro de su piel. La piel negra, al igual que la piel blanca, toma distintas tonalidades, y las personas de color negro que llevan años viviendo en el mundo occidental tienen un tono aclarado, una pátina, como si hubieran tomado baños de sombra pero en Sudán el color de la piel es de un negro intenso, azabache, de un tono achocolatado, visible cuando les da el sol, ese sol tropical que quema la piel.
Preguntamos por el ‘negociado’ que concede los permisos para filmar y nos introducen en una oficina minúscula donde hay varias personas sentadas charlando animadamente que en cuanto nos ven se levantan y con toda cortesía nos ceden sus asientos y salen de la oficina pues todos dentro no cabemos. La señora que debe de ser la ‘jefa de negociado’ nos da unas fichas para que las rellenemos y nos ruega que esperemos unos minutos. Durante la espera alguien pregunta que de dónde somos y a pesar de la escasez de recursos, de la extremada pobreza, esa persona reconoce a España por los jugadores de fútbol del Barça y del Madrid.
Campamento ONU
Campamento ONU 2
Casa de Juba
A la sombra
Atasco en Juba
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