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¿Quién lo va a decir?
Alejandro Ramírez es un joven cineasta centroamericano que fue sorprendido por el terremoto de Haití mientras trabajaba en la República Dominicana. De inmediato, pasó la frontera para prestar su ayuda personal y tomar el testimonio fílmico de lo que ha visto. La nota que reproducimos a continuación no es un artículo periodístico, sino las impresiones que Alejandro hizo llegar a sus amigos desde Haití, donde aún se encuentra. Consultado personalmente accedió a que éstas fueras publicadas en Béjar.biz
Destrucción“Los medios de información desinforman”. Esto lo leí en un libro de Eduardo Galeano y nunca como ahora lo había notado tan claramente.
Ahora, viendo a las cadenas de televisión extranjeras, a los monstruos de la información, me doy cuenta como nunca de la manipulación. El mundo está viendo escenas de gente peleándose por la ayuda, por mal manejo de las agencias humanitaria y por desorganización de las autoridades que supuestamente deberían de entregarla.
¿Qué es eso de tirar agua desde un helicóptero? Es no tener dignidad. Las ayudas no están llegando porque las agencias tienen miedo de los caminos y están haciendo más daño. No he llegado a Puerto Príncipe, pero puedo dar fe que en Jacmel la situación no es la que presentan.
Ellos escogen las escenas más fuertes, las más morbosas y las más amarillistas. Las repiten una y otra vez y van creando una imagen totalmente distorsionada de la realidad.
Haití es un pueblo que sufre este terremoto como la peor desgracia de estos años, encima de todos los problemas que ya lleva en sus espaldas. Pero a pesar de eso hay en este pueblo un sentimiento de salir adelante, de organizarse para resolver los problemas.
Fui testigo de familias que ayudaron a los vecinos en los momentos mas difíciles por falta de ayuda gubernamental u oficial. Fue la propia gente que ayudó, metiéndose en los escombros para sacar a los que aún estaban vivos, donde no podían levantar las placas de cemento no había nada que hacer. Fueron familias de muchos pueblos lejanos a Puerto Príncipe las que han alojado a los que se quedaron sin techo en la ciudad.
En el campo de fútbol de Jacmel, donde hoy se refugian 3.200 personas que se quedaron sin casa, tienen todo un sistema de cocinas colectivas. Las madres y mujeres se turnan para cocinar a toda la gente. Los hombres trozan la leña con hachas y cargan los sacos de comida. Los niños hacen cola organizadamente para llenar sus depósitos de agua y los que ya los llevaron a sus familias, que se refugian en techos de nylon, juguetean sonriendo.
A la oficina de CROSE (Coordinadora Regional de Organizaciones del Sudeste) llegan muchas personas todos los días para saber cómo pueden ayudar voluntariamente. Son los que han recorrido todos los barrios de Jacmel a pie, incluso en la montaña, para contabilizar los daños materiales y las víctimas.
Se habla de la creciente inseguridad, de que no se puede transitar por ningún lugar por el saqueo. No niego que pueda haber actos delictivos, pero es lógico que saquen lo que sirva de los comercios que se derrumbaron y se las lleven. Este pueblo tiene hambre de siglos. No es razonable que la comida que quede enterrada en estos momentos.
Sin embargo, he caminado todas las calles de Jacmel con mis dos cámaras al cuello sin sentir una pizca de agresividad o alguna mirada extraña, cosa que no puedo hacer en Ciudad de Guatemala o en Caracas. Toda la gente me ha recibido con afecto e incluso me han llevado a los lugares donde están sus problemas. Lamento mi nulo conocimiento del creole o del francés, porque me contaban historias que no podía entender, aunque muchos hablan español y ellos lograron expresarme sus sentimientos. A mí, un blanco desconocido que invadía sus espacios.
Hicimos el camino de Jacmel a Anse-a-Pitre, en un carro de CROSE, una Nissan 4x4, llena de maletas y bultos y en los 187 kilómetros que separan estas dos comunidades no encontramos ningún problema de pillaje como suelen decir. Sí vi a muchas gentes montadas en sus burros yendo al campo a trabajar. Los carboneros haciendo sus hornos, las mujeres cargando agua, como siempre. Los mercados comunitarios vendiendo sus productos; a precios mas altos, si, claro. El precio de la gasolina ha subido mucho y eso lo encarece todo. Pero la gente del campo hace su vida normal, se buscan la vida con su trabajo, que muchas veces no les da ni para comer.
Entonces, cómo pueden decir los medios que todo es desastre. Hay un montón de corazones que aún laten con un sentimiento humano de solidaridad, que siempre se nota más entre los que menos tienen. Este pueblo posiblemente sea uno de los que menos tenga y, a la vez, uno de los que más tenga más. ¿Quién lo va a decir?
Alejandro Ramírez
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